EL CADALSO DEL POETA CADAVER (172)
No fue una decisión propia
cargar con esa cruz de angustia engusanada,
con la tristeza empañando mis ojos,
sollozos pobres que la penumbra borra
sollozos pobres que la penumbra borra
un espinado ornamento de dolor
atravesando mi frente sangrante,
resuenan clavadas espinas nebulosas,
resuenan clavadas espinas nebulosas,
la desesperanza carcome
mis labios secos por los calvarios,
que se transmuta en el hocico de una bestia
que regurgita a mil tétricos demonios,
sobre el papel,
sobre el papel,
como un engendro me percibo,
bendito rastrero primogénito,
bendito rastrero primogénito,
crucificado como un torturado nazareno,
bajo un crepúsculo nostálgico,
en el cadalso del horror,
y en cada muerte
la poesía es el vino sagrado
de la perpetua moustrosidad
de mi mundo derruido por el dolor.
y en cada muerte
la poesía es el vino sagrado
de la perpetua moustrosidad
de mi mundo derruido por el dolor.
